Antologia de Cuentos Cortos

Filed in Gather News Channel by on March 20, 2007 0 Comments

 

 

ANTOLOGIA DE CUENTOS BREVES

ÍNDICE

 

1. El Cuadro

 

2. Fotos

 

3. Las Sillas Blancas

 

4. El Militar

 

5. Pavo Real

 

6. The End

 

7. El Gran Día

 

8. Para Pablo y sus Alas

 

9. Ojitos Chinos

 

10. Día de la Madre

 

 

 

 

 


 

 

El Cuadro

 

 

Marianne rasgó el papel que envolvía el cuadro. Todavía no entendía muy bien por qué lo había comprado. Nunca fue de las personas que se preocupaban por el arte.

Lo volvió a mirar. Otra vez tuvo la misma mezcla de atracción y rechazo que la hizo detenerse enfrente de la vidriera de la galería. Se sintió contenta y molesta a la vez.  ¿Dónde lo pondría?   ¿En la sala?    ¿En el cuarto?    No estaba segura de querer verlo todo el tiempo. Al final se decidió por el corredor.  Sí.  Era una buena elección.  A pesar de la amplitud de las paredes y del espejo que cubría una de ellas, el corredor seguía siendo insulso. El cuadro le daría un poco de vida.

Al colgarlo se sintió feliz. Hasta tuvo ganas de celebrar. Se sirvió una copa de vino y se dirigió al living. Retomó el libro que estaba leyendo y casi inmediatamente olvidó el asunto.

 

 

Pocos días después, al pasar por el corredor, un detalle del cuadro le llamó la atención. Se acercó para ver mejor. En  medio del lago había una barca que no había visto anteriormente. Y en ella un joven. Se extrañó de no haber reparado antes en él. Sus rizos morenos y sus ojos picarescos no podían pasar desapercibidos.

- No hay duda – pensó Marianne, los años no pasan en vano, no hay otra explicación. 

Tal vez para mimarse un poco y sentirse mejor pidió turno para la peluquería. Si, los años pasan, pero todavía podía sentirse atractiva y satisfecha de sí misma. Al llegar el sábado a excitación la hizo llegar antes de lo pactado.

- No importa, aprovecho para mirar revistas – pensó Marianne. Tomó una y comenzó a hojearla.

De repente su corazón pegó un vuelco. Allí, en una de las hojas de la revista, estaba el mismo joven que había descubierto en el cuadro. La misma sonrisa, los mismos rizos morenos, los mismos ojos que la miraban con picardía.

- ¿Cómo puede ser?, se preguntó Marianne mientras empezaba a leer el articulo. El joven en cuestión, hijo de una prominente familia de la región, había perdido la vida en un accidente.

Cerró la revista y se dispuso a olvidar el extraño incidente. No iba a arruinar su clima de festejo por una estúpida coincidencia. Por unos días sin embargo, al pasar por el corredor, lo hacía con mas prisa, evitando detenerse y casi sin mirar el cuadro.

 

 

Los días siguieron sucediéndose unos a otros, y con el correr del tiempo Marianne dejó de pensar en la extraña resemblanza. Fue casi con orgullo que le mostró el cuadro a su amiga Manuela cuando vino a visitarla. Pero se sintió mal cuando Manuela le habló de la bonanza que emanaba el retrato de esas dos preciosas criaturas sentadas al borde del lago. Marianne hubiera podido jurar que nunca las había visto.

Dudó si contarle a su amiga lo que pensaba. Pensaría que estaba loca. Cuando Manuela se fue, Marianne se acercó al cuadro y miró detenidamente la pintura de las dos pequeñas. Sin ellas, el cuadro no tenia sentido. Sus áureas melenas y el colorido de sus vestidos eran parte indispensable de la obra.

- Debe ser cansancio – pensó Marianne, – estoy trabajando mucho, debo parar un poco.

 

 

El fin de semana siguiente lo dedicó a descansar. El domingo lo pasó casi todo el día en la cama mirando televisión. Fue allí, en un noticiero, que vio algo que la sobresaltó sobremanera. La foto de dos hermanitas de cabellera dorada, irradiando una delicada serenidad, servía de marco para la triste noticia del accidente en que ambas perdieran la vida.

Marianne no tuvo la menor duda. Esa foto era el fiel reflejo de las pequeñas de su cuadro.

Seguramente era otra extraña coincidencia y nada más que eso pero Marianne decidió deshacerse del cuadro. Lo donaría o lo regalaría cuanto antes, probablemente mañana mismo, al llegar del trabajo.

 

 

Esa noche le costó dormirse. Tuvo pesadillas y se despertó sobresaltada varias veces. Cuando sonó el despertador notó que estaba bañada en sudor frío.  ¡Lo único que le faltaba, tener fiebre!

Afuera se había desatado una tormenta torrencial y desde el televisor el reportero recomendaba viajar con cuidado. El viento y la lluvia azotaban la ciudad despiadadamente.  Marianne dudó en salir.   ¿Y si le pasaba algo?  Pero justamente hoy no podía faltar. Así que tomó un vaso de  leche con miel y dos aspirinas, se abrigó bien y salió.

 

 

A pesar del temporal, llegó a la oficina sin mayores inconvenientes. Como pudo, cumplió con sus obligaciones y por suerte el jefe se apiadó de su condición y le permitió irse más temprano a casa.  Marianne agradeció de corazón el gesto y se alegró de poder volver a la cama antes de lo esperado.

El vendaval no había amainado y el tráfico en esas condiciones era un desastre. Se sentía muy vulnerable, como presagiando algo y rogaba por regresar a casa sin ninguna complicación.

Al llegar a su vivienda no pudo más que reírse de sí misma. ¡Qué tonta había sido! No le había pasado nada, estaba sana y salva. Y pensar que cuando vio ese coche que se le venía encima había pensado que era el fin.

Se empezó a sacar la ropa antes de llegar al cuarto. Al pasar por el corredor algo la detuvo.

¡El gran espejo no reflejaba su imagen!  Entonces se dio cuenta.

Una gran calma la invadió mientras buscó su rostro en el cuadro.

 

***


 

 

 

Fotos

 

 

Al entrar al departamento Roberto apoyó el bolso en el suelo y se dejó caer pesadamente en una silla. Estaba exhausto. La sesión de fotografía de hoy había sido agotadora. La polaca había estado más en diva que de costumbre y hasta el calor de la ciudad – ya agobiante de por sí – se hizo sentir más que nunca.

Miró la correspondencia encima de la mesa con desgano. Hoy tampoco la abriría. Sólo pensaba en tomar una larga, refrescante ducha e ir a dormir. Dentro de apenas unas horas debería regresar a la playa donde su equipo estaba trabajando en una serie de fotos para esa famosa revista de modas.

Se pasó la mano por el pelo y mientras empezaba a desabrocharse la camisa empapada de sudor se dio cuenta de que la ventana de la casa de enfrente tenía luz.

- ¡No puede ser!- pensó. Esa casa había estado deshabitada desde que él tenía memoria. Sin dejar de desabotonarse se paró y se acercó hacia la ventana. Y sin embargo, sí, era la casa de enfrente. ¡Qué increíble! ¿Quién podría haber comprado esa casa en ruinas? Todos en el barrio protestaban por su aspecto desagradable, esa mezcla de moho y herrumbre, donde las malezas que crecían entre los ladrillos rotos cobijaban toda clase de alimañas.

Le llamó la atención la calidez de la luz en la casa. Observó con detenimiento. A través del vidrio se veía una delicada cortina de encaje que acentuaba el tenue resplandor de la luz en las paredes color durazno. El clima de esa habitación aparecía acogedor e invitante. Los nuevos moradores debían haber pasado semanas reparando y acondicionando el lugar.

 -¿Cómo no lo había notado antes? – se preguntó incrédulo Roberto. Le parecía imposible, aún más dado que las dos ventanas de su departamento estaban justo enfrente de esa casa. – En fin, todo muy interesante- se dijo- pero es hora de irse a dormir.

Después de darse la prometida ducha se tiró en la cama. Mientras el sueño lo vencía creyó ver en la ventana de enfrente a una mujer joven, de esbelta y provocativa belleza.

Al otro día al despertarse no estuvo muy seguro de haber visto realmente a la mujer o si había sido una mezcla de cansancio y sueño. Los postigos de la ventana de enfrente estaban cerrados pero a la luz del día pudo comprobar que la fachada de la casa había sido totalmente renovada y pintada a nuevo.

 

 

El trabajo en la playa fue otra vez agotador. El calor había estado insoportable y las quejas de las modelos por la humedad y el viento llevaron al equipo a interrumpir numerosas veces las sesiones, con lo cual la jornada se extendió hasta bien entrada la noche.

Al regresar a su vivienda, mientras buscaba las llaves de la puerta de calle el sonido de una melodía dulcísima lo cautivó. Levantó la mirada y comprobó que la música provenía de la casa de enfrente.

Roberto se asombró de que la luz estuviera prendida a esas horas de la noche. Al mismo tiempo, como una aparición celestial, la misma mujer que había visto ayer se asomó a la ventana. No había duda. Esa mujer poseía una belleza pocas veces vista.

El cabello largo, ondulado y negro como el azabache caía graciosamente sobre sus hombros y a pesar de la oscuridad de la noche sus ojos grandes y hermosos parecían hechizar.

Al cruzar su mirada con la de él la mujer sonrió. Los dientes blanquísimos brillaban como perlas en su boca sensual. Roberto nunca había visto un rostro tan bello. Turbado, no esperó el ascensor y subió de a dos en dos los escalones como huyendo de algo.

Al entrar al departamento sigilosamente se acercó a la ventana sin encender la luz. Ella seguía allí. Con cuidado abrió la ventana. La brisa caliente le golpeó la cara y lo envolvió con la música en una ardiente caricia. Ya más de cerca y con la luz del farol de la calle iluminando directamente su rostro, la mujer se veía aun más hermosa.

Roberto se sintió cohibido. No entendía que le pasaba. Estaba acostumbrado a estar diariamente entre las mujeres más bellas del mundo y hacía tiempo que ninguna lo atraía en particular. Pero esa mujer parecía ejercer un extraño hechizo en el. No podía apartar su mirada de ella.

En un impulso súbito fue hacia su bolso y tomó su cámara. Volvió a la ventana y vio que ella miraba directo hacia él como si pudiera verlo claramente.

En forma desesperada Roberto empezó a tomar fotos. La mujer comenzó a moverse despacio con gestos felinos. En su boca se dibujaba una pícara sonrisa, en un evidente juego de complicidad y seducción. Roberto continuó sacando fotos frenéticamente. Al cabo de unos minutos la mujer levantó la mano como despidiéndose y se alejó de la ventana.

Sólo entonces Roberto sintió las gotas de transpiración corriendo sobre su rostro. Se sentía agotado pero lo embargaba cierta sensación de placer. Ahora ella le pertenecía de alguna manera y podría volver a mirarla cuando quisiera.

Acostado en su cama, su último pensamiento antes de dormirse fue para la misteriosa mujer.

 

 

Al día siguiente el trabajo se le hizo interminable. Tuvo un par de altercados con las modelos y ninguna toma le satisfacía. Estaba impaciente e irritable. No hacía otra cosa que pensar en ella y ansiaba ver las fotografías de una vez. Hubiera podido pedir a su asistente que las revelara pero prefirió esperar a hacerlo personalmente. No quería compartir con nadie su secreto.

Cuando al fin todos se fueron Roberto pasó por el laboratorio. Una a una las fotos fueron revelando su increíble belleza. Roberto no podía creer lo que veía. Se sentía como embriagado de placer.

Mientras esperaba que se terminaran de secar buscó varios lentes especiales para usar la próxima vez y los metió en el bolso. Cuando las fotos estuvieron listas las guardó en un sobre y se dirigió rápidamente hacia el auto.

Lamentaba que se hubiera hecho tan tarde. Temía que ella ya se hubiera retirado a descansar. Efectivamente, al llegar a la casa comprobó que la ventana estaba a oscuras.

Ya en su departamento Roberto desparramó las fotos sobre la cama. Las miró largamente. Antes de acostarse las colgó en la pared de su cuarto.

Se prometió a sí mismo llegar temprano a casa al día siguiente aunque sabía que no iba a ser fácil. La polaca había terminado las sesiones del contrato y se volvía para Nueva York. El equipo tenia programada una fiesta de despedida esa noche.

 

 

Todos quedaron muy sorprendidos cuando Roberto se negó a acompañarlos.

Él era siempre el alma de la fiesta. Le encantaba ser el centro de atención de modelos, productores, iluminadores y asistentes. Amaba la vida social y no desperdiciaba ninguna ocasión para convertirse en el foco de interés de todo el mundo.

 Por eso al ver su determinación todos supusieron que estaría saliendo con alguien. En el fondo se alegraron. A pesar de lo extravertido de su carácter hacía mucho tiempo que no le conocían ningún romance.

Después de despedirse de la polaca Roberto volvió con premura al departamento. En el auto su único pensamiento era para la misteriosa joven. Ansiaba encontrarla. Su corazón le latía con prisa.

Se sintió aliviado al ver la esbelta figura recortándose sobre la luz de la ventana. Hubiera querido gritarle algo pero no supo qué. Su carácter extrovertido se hacía trizas ante la presencia de esa mujer.

Como un autómata repitió lo del día anterior. Sin prender la luz le colocó los lentes especiales a la cámara y se dirigió a la ventana.

Igual que ayer ella parecía esperarlo. Resueltamente los dos volvieron a enredarse en el mismo juego de incitación y deslumbramiento.

Y otra vez fue la mujer quien puso fin al juego sonriendo picarescamente, levantando su mano en un gesto de despedida.

Roberto se sintió ridículo. Estaba actuando como un adolescente. Era obvio que ella gozaba con el juego. Seguía sin comprender por qué la presencia de esa mujer lo paralizaba.

 

 

A pesar de su sentimiento de desencanto los días comenzaron a sucederse en una incontrolable suerte de obsesiva rutina.

Una de cada dos noches Roberto volvía de madrugada con nuevos rollos de fotos recién reveladas. Y una de cada dos noches se repetía el juego que cada día se le antojaba tan irracional como ingobernable.

  Su trabajo también comenzó a sufrir la consecuencia de esta fascinación enfermiza. La gente comentaba su constante irritación y su poca paciencia. Todos seguían suponiendo que ese brusco cambio de carácter se debía a alguna nueva relación pero ya no estaban tan contentos por él. 
Hasta su aspecto exterior había cambiado, había perdido considerable peso y su consabida pulcritud y prolijidad habían cedido lugar a un Roberto tosco, desaliñado y sin afeitar.
Algunos habían intentado develar el misterio pero Roberto se mostraba hostil y cortante, no dejando lugar para la más mínima intromisión.

            También la frustración de Roberto fue aumentando con el tiempo. Todos los días se reprochaba por no tener el valor de romper este absurdo círculo vicioso. Necesitaba terminar con ésto. Necesitaba hablarle. Conocerla.

Una noche, mientras se duchaba, Roberto se propuso vencer esa incomprensible timidez de una vez por todas. Ya no aguantaba más. Mañana volvería temprano y sin falta le hablaría.

 

  
  Al volver del trabajo se asombró de ver la ventana cerrada por fuera con una viga de madera. ¿Que querría decir eso? ¿Acaso su inquietante vecina había decidido poner en venta la casa súbitamente? 
Recorrió la fachada de la casa buscando algún indicio. No vio ningún cartel anunciando la venta pero sí reparó en la pintura descascarada y en las matas asomando por entre los herrumbrados ladrillos. 
Roberto se sintió desfallecer. Estaba seguro que la casa había sido completamente renovada. ¡Además estaban sus fotos!  En ellas se veían claramente las paredes pintadas a nuevo. Seguramente el agotamiento y la desilusión lo hacían imaginar cosas. 
Roberto subió a su departamento presa de un extraño desasosiego. Intuía que algo trágico había sucedido y lamentaba no haber tomado antes la determinación de hablarle.

            Sacó las fotos que había revelado la noche anterior del bolso y las esparció sobre la mesa del comedor. Ahí estaba ella, radiante y esplendorosa como siempre, en la ventana de la casa pintada a nuevo.

Sonrió al comprobar que todo había sido una mala jugada de su cansancio.

Decidió acostarse temprano y faltar al trabajo al día siguiente. Llamó al celular de su asistente y le dejó un mensaje con instrucciones para el otro día. Gracias al error producido por su agotamiento se había dado cuenta de la importancia de esa mujer en su vida.

Estaba seguro que ella era parte de su destino. Se tomaría todo el tiempo que fuera necesario pero no iba a permitir que se le escapara. Esta vez no iba a dejarla ir.

 

 

  El asistente de Roberto se asombró al escuchar el mensaje pero al mismo tiempo se sintió aliviado de saber que al menos por un día todos volverían a trabajar sin la presión a la que los tenía acostumbrados Roberto últimamente. 
Aun más se sorprendió cuando al día siguiente Roberto volvió a faltar sin previo aviso.
 Durante todo el día el asistente lo llamó inútilmente.  Roberto no atendió el teléfono ni contestó los mensajes. 
Al llegar el tercer día todo el equipo comenzó a alarmarse. ¿Le habría pasado algo? Roberto siempre había tenido una salud de hierro pero recientemente se lo veía muy desmejorado. ¿Sería causa de una enfermedad? 
A pesar de los berretines de los últimos tiempos Roberto era una persona muy querida y todos sin excepción, comenzaron a preocuparse. 
  El asistente decidió ir a la mañana siguiente con alguien al departamento. Cuando llegaron tocaron el timbre y golpearon la puerta en vano. 
Antes de irse llamaron al encargado del lugar. Él tampoco había visto a Roberto por varios días. Después de cerciorarse que el auto estaba estacionado en el garaje ya no les cupo más dudas. Algo debía haber sucedido. 
Con ayuda del encargado abrieron la puerta del departamento. Un olor hediondo les vaticinó lo peor. El cuerpo sin vida de Roberto yacía, desaliñado y sucio sobre una pila de fotos idénticas a las que colgaban de todas las paredes del departamento. 
Para los conocidos de Roberto quedó para siempre la incógnita sobre lo acontecido en los últimos días de su vida. 
Nadie pudo entender jamás porqué Roberto había sacado una y otra vez, hasta el cansancio, la misma foto de una ventana cerrada con una viga de madera, en una casa en ruinas.

***

Las Sillas Blancas

 

A Marina le gustaba salir todos los días a las ocho de la mañana. No lo hacía solo por su salud. Esa diaria rutina de caminar una hora por el mismo lugar también le traía paz, alegría.

Adoraba a los frondosos árboles a ambos lados del camino, el serpenteante riachuelo a un lado, las primorosas casas con sus cuidados jardines al otro. No se cansaba de mirarlos.

Cada día le traían nuevos asombros. Los colores de las flores, sus aromas, el murmullo de las hojas mecidas por el viento, los infinitos brillos titilantes del agua, el rito cotidiano de la bandada de patos cruzando hacia el río con su gracioso andar, todo acariciaba dulcemente sus sentidos y la envolvía en un dulce letargo hacia un mar de sosiego, un paraíso de tranquilidad, donde cualquier inquietud se desvanecía.

 

 

 Todo eso cambió el día en que vio el jardín con esas dos sillas. No supo porqué pero al posar su mirada en él sintió al instante que algo misterioso la atraía. En vano intentó recordar si lo había visto previamente.

Qué extraño no haber reparado antes en él. Comparado a la explosión de colores y formas de los jardines adyacentes, era modesto, casi insignificante. Nada alrededor, ni un árbol, ni una flor, ni una fuente, tan solo una extensa y cuidada alfombra de un verde intenso y brillante cuyo único adorno, justo en el medio del jardín, eran dos sillas blancas.

Marina observó que habían sido colocadas diligentemente, una al lado de la otra, de tal manera que al mirarlas uno no dejaba de preguntarse a sí mismo que razón podían haber tenido esas dos sillas blancas en medio de un jardín tan austero. No ofrecían sombra alguna ni proponían vistas espectaculares. La respuesta acudía rauda, obvia. Constituían el sitio ideal para largas conversaciones.

Marina dejó volar su fantasía y al instante vio sentado allí a una pareja joven, contándose sus cosas en la frescura del atardecer, tomados de la mano. La reflexión le provocó una sonrisa  de satisfacción. La casita pequeña al fondo y la sencillez del jardín corroboraron su hipótesis. Ya sin más interrogantes, Marina prosiguió apaciblemente su camino.

 

 

 Aquella noche los poemas que a diario predecían el sueño quedaron encerrados en la mesa de luz. Marina se desveló en su cama pensando en esa pareja charlando a la luz de la luna.   ¿Cómo se llamarían?   ¿Cuántos años tendrían?    ¿Dónde se habrían conocido?  ¿Cómo se enamoraron?

A la mañana siguiente se despertó sobresaltada y con prisa. Se vistió con premura y por primera vez una extraña indiferencia la guió presurosa a través de los árboles, los pájaros, las flores, a través de los patos y las luces del río.

Por primera vez también el gozo de sus ojos se tornó en desasosiego, sus pies no se deslizaban calmos, su corazón palpitaba fuertemente.

Todo su cuerpo vibraba en una ansiosa búsqueda hasta llegar al jardín y ver las sillas otra vez. Hoy no estaban justo en el centro pero de igual manera habían sido colocadas con esmero, una al lado de la otra.

Marina sintió que un inexplicable sentimiento de complacencia la conquistaba de golpe. Los músculos de su cuerpo se relajaron, el rictus de sus labios desapareció y en su cara otra vez, se perfiló una alegre sonrisa.

 

 

 Las hermanas de Marina notaron el cambio a los pocos días. Ya no se sentaba con ellas en el desayuno, decía no tener hambre y prácticamente no les hablaba en todo el día.

Por la mañana se despedía presurosa y al volver de su diario paseo se encerraba en su cuarto.

Salía de él sólo por las noches, se preparaba algo de comer en la cocina y volvía rápidamente a su habitación.

Las veces que se cruzaban con ella en la casa notaban una mirada extraña en su rostro y cada vez que alguna de sus hermanas le dirigía la palabra parecía sobresaltarse, como si la despertasen bruscamente de un sueño.

También se dieron cuenta que la luz en el cuarto de Marina se apagaba más tarde cada noche.

 

 

 Poco a poco la importancia de aquellas dos sillas en el jardín fue creciendo en la vida de Marina.

Ya no pensaba en los imaginarios amantes exclusivamente por las noches. Un simple movimiento en la posición de las sillas hacia volar su imaginación.

Una mañana las encontró colocadas justo una enfrente de la otra en vez de estar mirando hacia el mismo lado. Aquel día Marina pasó las horas pensando el porqué de ese cambio.

 Dedujo que se habría tratado de un día especialmente mágico, de significado tierno, un día en que las manos entrelazadas no bastaron, donde se habrían mirado largamente a los ojos, acariciado el rostro, besado alguna lágrima…

Las semanas pasaban y Marina vivía cada vez con más fruición lo que su imaginación le brindaba. Sus horas se llenaban con significados nuevos.

Era feliz, con una felicidad que antes no había conocido.  Más también su alma comenzaba a temblar con desconocidas zozobras.

 

 

El fatídico día en que una de las sillas estaba tirada, a unos pasos de la otra, a Marina el corazón le dio un vuelco. ¿Acaso era el resultado de una pelea súbita?   ¿Qué pudo haber pasado para que uno de los dos abandone precipitadamente al otro? 

Esa tarde Marina permaneció todo el tiempo en su habitación, ni siquiera salió a preparar su cena. Cuando una de sus hermanas golpeó su puerta, ella contestó desde adentro que se sentía enferma.

 Al otro día, al verla salir para su caminata más temprano que de costumbre pudieron comprobar que se la veía afiebrada.

 No entendieron por qué no se quedaba en casa pero ya hacía un tiempo que su comportamiento era extraño y habían decidido no cuestionarla más.

 

 

Por la mañana, llegó casi volando a “su jardín”. Marina suspiró aliviada. Las sillas estaban en el lugar de siempre, unos pasos mas atrás que ayer pero otra vez juntas, una al lado de la otra, mirando para el mismo lado.

-Todo está bien – pensó y casi inmediatamente se sintió mejor. Emprendió el resto del camino con una expresión radiante.

Al verla regresar del paseo sus hermanas se admiraron por tan rápido mejoramiento y podrían haber jurado que hasta la habían escuchado cantar.

 

 

Todo siguió así, sin muchos sobresaltos, hasta el día en que faltó una silla.

Esa única silla blanca en medio del austero jardín se veía ridícula. Nuevamente las dudas embargaron a Marina.

Pensamientos oscuros ensombrecieron su alma pero al final prevaleció el optimismo. Quizás se había roto.  O la habían entrado a la casita para un trabajo extra. Tal vez tuvieron un súbito invitado.

Lo peor llegó al día siguiente. El jardín estaba igual. Esa absurda silla blanca en el exacto lugar del día anterior, como si el ocupante no hubiese tenido fuerzas ni deseos de moverla.

 Marina recorrió tercamente el jardín con la mirada. Intentaba descubrir la silla ausente mientras procuraba con empeño encontrar en su mente alguna explicación que aplacara su angustia.

Nunca supo cómo llego a su casa. Sentía que las fuerzas la habían abandonado. Se tiró lánguidamente en la cama y por horas su mirada enajenada permaneció absorta en el techo.

En su mente giraba un solo pensamiento: volver a su jardín por la mañana para  recuperar la paz perdida.

 

 

Y fue así que Marina comenzó una nueva agobiante  rutina. Al día siguiente, y al otro, y al subsiguiente, la esperaba la misma realidad. Con mirada enajenada y menos fuerzas cada día, Marina volvía y se enfrentaba a la misma temida certidumbre.

En su casa su presencia se había convertido en una sombra casi espectral y hasta sus hermanas que tanto la querían sentían temor al verla.

El día que no la vieron salir por la mañana ninguna se atrevió a turbar su descanso. Cuando entrada la noche le quisieron llevar un poco de comida encontraron la puerta cerrada por dentro.

Los llamados y las quejas, leves y temerosos al principio, se convirtieron pronto en desesperados gritos. Al derribar la puerta las sorprendió la plácida expresión de Marina con esa radiante sonrisa que hacía tanto tiempo no veían.

 

 

Después del funeral las hermanas intentaron por días vencer su abatimiento. Sobre todo Raquel, la hermana mayor, parecía no poder superar el desconsuelo.

Con la misma ternura que siempre habían tenido entre sí, las otras sugirieron que encontrase solaz recorriendo el camino que tantas alegrías había proporcionado a Marina.

Caminando por los frondosos árboles a ambos lados del camino, con el serpenteante riachuelo a un lado y las primorosas casas con sus cuidados jardines al otro, Raquel comprendió al fin qué era lo que había brindado a Marina tanta paz.

Aunque comparado a la explosión de colores y formas de los jardines lindantes era modesto y casi insignificante, un jardín atrajo su atención especialmente. Nada alrededor, ni un árbol, ni una flor, ni una fuente, tan solo una extensa y cuidada alfombra de un verde intenso y brillante. Su único adorno, justo en el medio del jardín, eran dos sillas blancas.

Y mientras Raquel dejaba volar a su imaginación libremente, una inquietante sonrisa encendió su semblante.

 

 

***


 

El Militar

 

 

El día que se unió al grupo todas las miradas se concentraron en él. Alto, delgado, de cabello  tupido y corto, algo canoso, vestido y calzado impecablemente. Tenía un porte, una distinción que lo destacaban de inmediato.

Con voz calma, aunque segura y firme se presentó. – Militar retirado, de sólida situación económica, viudo, dos pequeñas hijas. Un amigo le había comentado sobre estos grupos de personas que buscaban pareja y a el le pareció una forma discreta y segura para conocer a su futura esposa.

Por supuesto, a través de gente conocida o de familiares hubiera sido mejor, pero quizás la cercanía de la fecha en que murió su mujer  y las circunstancias del hecho  inhibían de alguna manera a la gente y en general, con él, se atrevían a hablar de todo menos de mujeres.

También había escuchado que a esos grupos concurrían sinvergüenzas, que sólo querían aprovecharse de la desgracia ajena, hombres cuyo único propósito era jugar con las esperanzas de mujeres solitarias, usarlas por un tiempo para después abandonarlas. 

Él en cambio, no.  Él quería casarse. Y cuanto antes, mejor. Y no es que pensara en el sexo. Como buen militar de su país, era muy, muy católico. Dios no había creado al hombre para que esté solo y la unión de dos seres debía hacerse a través de la consagración del sagrado sacramento.

Su matrimonio, concluido tempranamente de forma intempestiva,  había sido maravilloso y al llevarse tan pronto a su compañera Dios le estaba enviando una clara señal de que debía volver a casarse. Por lo tanto, con naturalidad aceptaba los senderos del Señor.

Las mujeres del grupo no creían lo que oían. Ya era raro que alguien de su prestancia y señorío, formara parte de él. Era educado, tenía una profesión de cierto prestigio, un nivel social  por muchos envidiado, su posición  económica era desahogada y como si ello fuera poco además tenía valores morales.

Entre las más amigas se cruzaban miradas y sonrisas cómplices sin dejar por eso de iniciar una furiosa competencia para atraer la atención del nuevo personaje. Los hombres, a su vez, se mostraron amigables y serviciales para con el recién llegado aunque en el aire se podía advertir cierto recelo.

 Sin embargo, cuando el militar  dio rienda suelta a sus pretensiones, el círculo de posibles candidatas se redujo considerablemente, lo cual no impidió que las excluidas continuaran abrigando secretas fantasías.

Su futura mujer debía ser soltera. Ni viuda ni divorciada. Y sin hijos. Sobre todo eso. La edad no importaba,  lo único relevante era que jamás se hubiera casado y de ser posible   (esto fue lo que llamó más la atención), que no quisiera o no pudiera tener hijos propios.

Es que él, se explayó, estaba buscando no sólo una esposa sino una madre para sus pequeñas hijas. Tampoco le interesaban la belleza física ni la inteligencia. Al contrario, conjeturó, todo eso tapaba la verdadera riqueza de una mujer, su pureza de alma.

Estas últimas palabras terminaron de achicar el círculo de las probables pretendientes. Las que habían estado casadas tenían hijos y las que nunca lo habían estado, anhelaban ser madres por sobre todas las cosas.

            Para Julieta sin embargo, fueron una sorpresiva fuente de esperanza. Su reloj biológico ya estaba marcando horas peligrosas para una gestación afortunada y la posibilidad de tener dos hijas adoptivas la llenó de ilusión. Hacía varios meses que se había unido al grupo de solas y solos y hasta ahora nadie la había invitado a salir. No era bonita y su carácter tímido la hacía prácticamente pasar desapercibida. Casi siempre pasaba esas dos horas sentada, sin participar en ningún grupo, esperando inútilmente que la  eligiesen para alguna de  las actividades o simplemente para conversar.

Su expectativa respecto del desconocido se acrecentó cuando al cabo de la primera media hora – en la cual el flamante integrante del grupo  había observado concienzudamente a cada una de las mujeres  – se acercó hacia ella y le pidió permiso para sentarse a su lado. Mientras asentía, Julieta recordó las palabras de su difunta madre –Todo llega en la vida, todo llega, y se ruborizó avergonzada de su propio pensamiento.

Su sorpresa se tornó en alegría al descubrirse contestando inquisidoras preguntas y en el momento en que él la invitó a salir, justo antes de terminar la reunión, supo que su madre no se había equivocado.

 

 

Cuando solo después de tres semanas anunciaron su matrimonio, las integrantes del grupo no podían ocultar su envidia.  ¿Qué habría visto él en esa mujer insignificante?

 Julieta por su parte, irradiaba felicidad. Sus ojos brillaban con inusitada alegría y hasta la tersura de su piel mostraba una frescura inusual. No cesaba de agradecer el momento en que había decidido concurrir a esas reuniones.

Apenas unos días antes de la boda su prometido le abrió su corazón haciéndole saber que la recientemente fallecida no era la madre de sus hijas sino su segunda esposa.

Con voz entrecortada por la emoción le contó que su vida marital había sido infortunada. A poco de nacer la segunda hija, la madre de las niñas había desaparecido sin dejar rastro. Nadie pudo nunca comprender que había sucedido, especialmente él. Los dos habían formado una pareja perfecta. Con afán había buscado el cuaderno donde su amada cónyuge escribía diariamente en busca de alguna explicación, pero a pesar de sus esfuerzos nunca pudo hallarlo. El pueblo entero se había movilizado para encontrar a su señora pero todos los empeños fueron vanos.

Fue así que una vez que la Iglesia le concedió el derecho de casarse nuevamente, por el bien de las niñas se volvió a casar. El nuevo matrimonio fue muy hermoso pero también terminó trágicamente. Después de una súbita depresión, su segunda mujer había puesto fin a su vida bebiendo ácido. La muerte le llegó entre tormentos indescriptibles. El suceso había sido atroz  y había dejado una terrible impresión en todos, especialmente en las niñas, que se volvieron inquietas y nerviosas. A partir de entonces él había sentido que era su deber buscar una nueva compañera que trajera paz y tranquilidad al hogar.

Semejante confesión conmocionó a Julieta, pero la magnitud de semejantes padecimientos no hizo más que acrecentar su compromiso hacia su futuro marido y las niñas, aunque temía que con ellas la tarea no iba a ser fácil. 

Sin embargo, sus dudas se disiparon casi completamente al conocerlas. Ambas parecían muy educadas y durante los preparativos de la boda se mostraron afables y serviciales.

Como todas las novias Julieta hubiera apreciado una gran boda y una inolvidable luna de miel, pero dado que la muerte de su anterior esposa había ocurrido muy recientemente comprendió las razones de su futuro marido al desear celebrar solo una austera ceremonia y posponer el viaje de bodas.

Aún así, Julieta se sentía  infinitamente dichosa y el día tan esperado lució radiante en su simple pero bello traje de novia.

 En el atrio de la Iglesia, después de la ceremonia, le pareció advertir una sobrecogedora frialdad en las felicitaciones de los asistentes a la boda. Con la tolerancia que la caracterizaba, lo atribuyó a la aprensión que pudo ocasionar en ellos la celeridad de este nuevo enlace.

Con más fuerzas que nunca decidió apoyar a su marido en su objetivo: iba a ser una buena madre para sus hijas, la mejor.

 

 

Las pequeñas la recibieron afectuosamente. Pronto le confiaron lo mucho que extrañaban a su madre y le manifestaron estar contentas de tener nuevamente una mujer en la casa.

 Durante los momentos que se encontraban a solas con ella eran extravertidas, alegres y dicharacheras, sin embargo cada vez que el padre se sumaba a la tertulia el carácter de ambas cambiaba abruptamente.

Era difícil no advertir que su presencia las tornaba taciturnas y como temerosas. Julieta sabía cuánto amaba su esposo a aquellas niñas, por eso decidió hablar con él al respecto.

Cuando tocó el tema, el marido fue cortante: es cierto que era estricto con ellas pero era por su bien. Esperaba que Julieta entendiera su preocupación y lo ayudara a supervisar los más pequeños detalles de su educación.  Y lo más importante: no debía perderlas de vista ni a sol ni a sombra.

Julieta comprendía que el comportamiento de su flamante esposo era el producto de su rígida mente militar pero compartía plenamente la impresión de las dos jovencitas de que tanto recelo era exagerado. Propuso acercarse más a ellas e interceder cariñosamente ante el padre con más frecuencia.

Con el correr de los días Julieta se fue sintiendo cada vez más feliz. Al fin era parte de una familia donde era querida y apreciada. Las niñas respondían efusivamente a las demostraciones de afecto de su nueva madre y sin reservas le correspondían con amorosa reciprocidad. Cuando su esposo le propuso comprar el seguro de vida para ambos, le pareció una excelentísima idea. Esas niñas se habían convertido en la razón y la luz de su existencia y haría todo lo posible por asegurarles un futuro feliz.

Solo pequeñas sombras, de vez en cuando, empañaban su alegría. Más que nada, le dolía la casi obsesiva vigilancia a la que su marido sometía a las pequeñas. En vez de disminuir, su preocupación parecía ir en aumento. Demandaba conocer sus andanzas con precisión de segundos,  sometiéndolas cada vez más frecuentemente a exhaustivos interrogatorios.

Y a pesar del cariño que decía profesar por ella, Julieta sabía que no gozaba totalmente de su confianza. Los cajones del escritorio, por ejemplo, desde el principio le había prohibido abrirlos y le había ordenado que, cumpliendo con sus obligaciones de esposa, le obedeciese.

Cuando esas tribulaciones amenazaban embargarla Julieta se decía a sí misma que nada es perfecto y agradecía a Dios por las bendiciones recibidas. 

Una mañana, ni bien su marido hubo salido de la casa para su diaria caminata, Julieta halló sobre la mesa de la cocina una libreta de anotaciones abierta. Al acercarse comprendió que se trataba de un diario.  La letra era indudablemente femenina y la fecha de la página abierta databa de muchos años atrás.

Julieta no resistió a la tentación de leerlo. Los primeros renglones le dieron escalofríos:  “¡Ya no puedo más… no tengo más fuerzas…a veces pienso que sería mejor para todos que esta pesadilla terminara de una vez por todas…tengo tanto miedo!”

Una mano en su hombro la arrebató de la lectura. Sin saber por qué, instintivamente sintió temor de que se tratara de su marido. Suspiró aliviada al comprobar que se trataba de las niñas. Los ojos de ambas estaban bañados en lágrimas.

Era obvio que ése era el famoso diario de su madre. Era también evidente que fueron ellas las que lo pusieron sobre la mesa para que Julieta lo leyera. Pero  ¿por qué se lo ocultaban al padre?, ¿a qué pesadilla hacía referencia? Sin pensarlo mucho las abrazó tiernamente. Necesitaban tanto amor…

Con el rostro descompuesto por el llanto le suplicaron que no se lo mostrase al padre. Temblaban y parecían aterrorizadas por las posibles represalias y castigos. Julieta prometió que no lo haría. Con una sonrisa cómplice les aseguró que su secreto estaría bien guardado con ella. Además, sintió que no valía la pena modificar el recuerdo hermoso que su marido tenia de aquélla relación.  Sin palabras, cerró el cuaderno y se los entregó.

 

 

Su corazón sin embargo quedó acongojado. La acechaban las dudas y tenía más preguntas que respuestas. Lo único cierto parecía ser que su tarea en esa casa iba a ser mucho más difícil de lo que había creído al principio. El día anterior por ejemplo, al salir el padre, las jóvenes le confesaron que las avergonzaba estar constantemente acompañadas y le pidieron permiso para ir solas al parque a encontrarse con compañeras de la escuela, prometiendo volver en treinta minutos.

Julieta no había puesto reparos. Después de todo, el parque estaba tan sólo a una cuadra de la casa y si se demoraban podía ir a buscarlas. Pero no hizo falta porque regresaron exactamente a la hora prometida. Las niñas le agradecieron la confianza con multitud de besos y abrazos. En ese momento Julieta no pudo sentirse más satisfecha y feliz.

Su marido en cambio, al enterarse, se enfureció. Con violencia arrastró a sus hijas a la habitación donde sus gritos destemplados, aunque indescifrables, resonaban por toda la casa. Como enloquecido, revisó palmo a palmo todos los cuartos y por primera vez se mostró exasperado e intolerante con Julieta.  

            Durante los días siguientes ésta intentó sin resultado acallar las penas de su atribulado corazón. El clima de la casa estaba enrarecido. Sin previo aviso su marido empezó a cambiar las horas de su caminata, de manera que nunca nadie ya sabía a que hora se iría ni cuando regresaría y se  encargaba personalmente de llevar y traer a las niñas a todas partes.

Con sus miradas ellas parecían suplicar a su madrastra por ayuda. Pero los sentimientos de Julieta eran confusos. Deseaba ampararlas pero amaba profundamente a su esposo y no quería perderlo.

Sin embargo un día resolvió  romper la palabra empeñada y apenas lo vio salir, se encaminó resueltamente hacia el estudio. Aunque no sabía muy bien por qué, presentía que las respuestas a algunas de sus preguntas se encontraban en el escritorio prohibido.

Cuando estaba por abrir uno de los cajones, escuchó pasos acercándose. Decididamente se dio vuelta y al constatar que eran las pequeñas se tranquilizó. Las dos se acercaron a Julieta que, sin reparos, abrió el cajón delante de ellas. Resuelta, tomó con la mano unos cuantos papeles y los puso sobre el escritorio. Al hacerlo, un periódico amarillento y ajado cayó al suelo. Una de las niñas lo recogió y se lo dio. 

En la primera página, al lado de la foto de su marido (varios años más joven) se leía “Sospechoso de doble asesinato sobreseído nuevamente por falta de pruebas”.

Julieta se sintió próxima al desvanecimiento. Se desplomó sin fuerzas sobre la silla. Temía mirar a las niñas a los ojos y encontrarse con su misma desesperación. La más grande buscó entre los papeles y le acercó algunos. Eran tres documentos prácticamente idénticos, pólizas de abultados seguros de vida a nombre de tres mujeres. El nombre de Julieta era uno de ellos.

 No necesitó verificar los nombres de los otros dos. Intentando reponerse, siguió hojeando los papeles en forma frenética. Sus ojos espantados se detuvieron en múltiples recibos de compra; medicamentos para el dolor…drogas para combatir el insomnio…ácido muriático…

No había querido convencerse pero las evidencias eran más que contundentes. Finalmente comprendía todo, los temores de las niñas, el recelo de su marido.  ¿Qué haría? Ahora que al fin tenía su lugar en el mundo, ahora que había conocido un amor tan grande, una pasión tan avasalladora. Julieta se sintió desfallecer. ¿Cómo lo enfrentaría?,  ¿Qué le diría?

Las jóvenes estaban intranquilas, parecían más temerosas que nunca. Se sintió en parte responsable de todo lo que las pequeñas estaban pasando. Julieta miró el reloj. No había tiempo que perder. Las tres tenían que salir de esa casa lo antes posible. En su mente, comenzó a buscar con urgencia una escapatoria. Los segundos contaban.

Gritos destemplados la sacaron de su ensimismamiento  ¡Era su marido!

- ¡Julieta! ¡Julieta! ¡No las escuches! ¡No les creas! ¡Julietaaaa!

 Las tres se miraron horrorizadas. A los incesantes gritos del hombre se sumaron pronto  los ruidos de sus pisadas al correr, cada vez más cercanos.

- ¡Dios mío, ya lo sabe! dijo una de las jóvenes aterrorizada.

– Ya es muy tarde, susurró con agitación la otra.

El corazón de Julieta empezó a latir frenéticamente. Notó que todo su cuerpo estaba empapado de sudor. Sus manos temblorosas agradecieron el vaso de agua que una de las jóvenes le ofrecía llevándolo  raudamente a la boca.

Lo primero que sintió Julieta fue una sensación de ahogo. Casi instantáneamente su garganta estalló en un fuego intenso que le atravesó sus entrañas, desgarrándolas.

Lo último que vieron sus ojos desorbitados por el dolor fue a las jóvenes sonriendo malignamente y a su esposo, en el vano de la puerta,  llorando, cayendo de cuclillas.

 

 

 

***

 


Pavo Real

 

 

 

Fue en ese momento que la vi. En el preciso momento en que empezaste a hablar, en aquel día mágico – esperado – soñado – inventado- vuelto a soñar y hecho al fin realidad – que la vi.

Todavía temblando por dentro por la emoción de volverte a ver después de tantos años me pareció, como en un sueño, que atrás tuyo se empezaba a formar como una nube difusa con colores un tanto indefinidos.

Al prestar mas atención al fenómeno me di cuenta que en el aire se estaba dibujando claramente una…cola de pavo real.

Recuerdo como si fuera hoy mi turbación mientras me decía a mi misma que no podía ser, que era todo fruto de los nervios, pero cuanto más quería prestar atención a lo que decías, más nítidos se hacían los colores y las formas de las plumas y aunque estaba segura de que estabas emitiendo sonidos, pronto – inexplicablemente – dejó de preocuparme el contenido de tus palabras.

Es que me había percatado de que – por imposible que parezca – era el movimiento de tus labios el que creaba las plumas en la cola.

Lo comprobé cuando, agotado seguramente por tanta creación, te detuviste para tomar agua. Durante esos segundos la cola quedó estática, sin que se sumase ninguna pluma nueva.

 Rápidamente en cambio, ni bien tu boca empezó a moverse ahí estuvo, oh milagro, una nueva pluma pequeñita que a medida que hablabas se cubría de colores brillantes y precisos y  después crecía hasta hacerse grande como las otras.

Lo grotesco de la  situación me causó gracia. Me acuerdo que comencé a reírme y bajé la cabeza avergonzada.

 - Por Dios, qué estaba haciendo, tantos años esperando este momento, no podía arruinarlo con bufonadas, qué pensarías de mí, riéndome en medio de tu alocución, que para colmo de males ni siquiera había escuchado.

Mentalmente prometí componerme, convencida de no volver a ver las ridículas plumas de pavo real.  

Por suerte vos seguías hablando, con la misma arrogante manera de siempre, sin darte cuenta de nada lo que estaba sucediendo alrededor y fue entonces, aún antes de  verificarlo con mis ojos, que tuve la certeza de la intrínseca unión de tu cabeza con la cola de pavo real.

Sí, cada vez que movías la cabeza, la cola registraba un movimiento. 

- Ay, Señor mío, ¿por qué tenía que sucederme ésto justo ahora?  Haciendo  un esfuerzo sobrehumano para mantenerme seria fui sintiendo cómo la sangre de mi cuerpo subía de pleno a mi cara y  mis ojos se abrían desmesuradamente.

La visión mental de mí misma en esa situación resultó ser tan descabellada que ya  no pude contener la risa y la solté de repente y tan estrepitosamente, que temo algunas gotas de mi saliva se hayan  posado en tu traje impecable.

Me reí con ganas y por un largo tiempo. Y mientras me reía, todo – otra vez inexplicablemente – empezó a cobrar otro sentido.

Me acuerdo que ante mi risa dejaste de hablar. Y aunque al principio tu entrecejo demostró fastidio, pronto una sonrisa un poco zonza en tu cara se hizo eco de mi risa mientras, azorado, esperabas una explicación.

Sin dificultades inventé una historia creíble que no pusiste en duda. Después de todo ¿quién podía reírse de una persona tan seria como vos? Yo nunca había podido.

Y mirá que fueron años. Más de treinta, contando los que estuvimos juntos y los que no. Porque en realidad lo que importa son los años que te llevé en el corazón, día a día, noche a noche, recuerdo a recuerdo.

Durante el resto de ese encuentro tan soñado – esperado – inventado –vuelto a soñar –  y que ahora se había hecho realidad, poco a poco me fui sintiendo fuertemente, profundamente, irremediablemente triste.

No entendía muy bien por qué nunca antes había visto la cola de pavo real pero ese día supe que siempre la tuviste.

Habían sido mis ojos los que no pudieron verla.

Y también descubrí un vacío más que grande, infinito, en ese lugar del corazón, exactamente ahí, donde te llevé por años, día a día, noche a noche, recuerdo a recuerdo. 

Todavía de a ratos, me embarga el mismo sentimiento de no saber qué es mejor, si quererte y no ver,  o ver y no querer.

 

 

***


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

The End

 

 

 

El licenciado Campelo las odiaba a todas. Porque eran mujeres. Porque eran inteligentes. Porque llevaban el delantal blanco que él no podía llevar. En todas veía a su también detestada madre comparándolo siempre a su hermano “el doctor”.

Aunque no le gustaba la medicina, el licenciado Campelo lo había intentado. Hubiera hecho lo imposible por conseguir la aprobación de su progenitora. Sin embargo jamás pudo pasar del segundo año.   

Lo más cercano al sueño de su madre fue la licenciatura en psicología que, además, le permitió trabajar en el mismo sitio que su hermano. Pero ante los ojos de la madre, los médicos seguían siendo los únicos dueños del hospital. Y su honra, su orgullo, era el hijo mayor.

El licenciado Campelo las aborrecía. Despreciaba su andar seguro, sus pisadas firmes en los corredores del hospital. Censuraba sus voces altas y sus risas estridentes y cuando el odio se hacía insoportable, entonces las mataba. Tenía un sistema propio e infalible y estaba seguro que no lo podrían descubrir.

Esa noche, cuando en su hogar todo era silencio y quietud, el licenciado Campelo emprendió su macabro ritual una vez más.

Abrió un cajón del escritorio y minuciosamente buscó con la mirada el arma a emplear mientras su mente maquinaba paso a paso cómo iba a matar a su cuarta víctima, la Dra. López.

Por la mañana se había cruzado con ella en el corredor y, pedante como siempre, ni siquiera le había devuelto el saludo. No iba a tolerarlo más.

Descartó la horca, el tiro y la cuchillada. Ya había empleado esos métodos con las anteriores. A ésta la adormecería y le inyectaría aire en la yugular.

Súbitamente feliz sentenció que a partir de mañana la Dra. López ya nunca le haría daño. Ese pensamiento lo animó y como en un delirio continuó su rito tenebroso.

Cuando todo terminó imaginó la cara de su madre y sonrió socarronamente.

Al llegar a la palabra “Fin” guardó cuidadosamente el fichero y apagó la computadora.

Se secó la frente y se fue a dormir.

 

 

 

***


 

 

 

 

El Gran Día

                                                            Dedicado a Alba, dondequiera que esté.

 

 

Alba estaba más bella que nunca.

Su hermosura, indescriptible, podía solo medirse por la envidia en los ojos de las mujeres presentes.

Tal como lo había anticipado, sus largos, increíblemente blancos cabellos rodaban en suaves ondas desde su cabeza, acariciando su cuerpo sensualmente

Todo había salido a la perfección. Muchas personas se preparaban  apasionadamente para ese momento pero la fascinación que el gran día profesaba sobre Alba superaba cualquier obsesión.

Había comenzado los preparativos en su niñez, rehusándose con vehemencia a que le cortaran sus cabellos y ya desde entonces le gustaba hablar de ese, su sueño. La gente la escuchaba con incredulidad pero algo en ella los persuadía,  era tal la fuerza de su mirada, la pasión de sus palabras. 

La aparición de multitud de hebras blancas en su juventud la regocijó extraordinariamente. Estaba convencida de que era parte del plan. Pronto un manto inmaculado cubrió totalmente su exuberante cabellera enmarcando su delicado, casi angelical rostro que hoy lucía más hermoso que nunca.  Impecablemente maquillado, reflejaba exactamente los deseos de toda su vida.

La felicidad de Alba era indiscutible.  Su tez blanquísima  resplandecía acentuando su natural belleza y el tenue brillo de sus labios realzaba su siempre seductora sonrisa.

Había pensado hasta en los más mínimos detalles y se notaba. Todo, desde ese regio diamante brillando en su mano grácil, hasta el vestido que marcaba perversamente su cuerpo perfecto, dejaba sin aliento a los presentes sin excepción.

   Níveas azucenas, magnolias y camelias,  embellecían suntuosamente el atrio y  el espectacular  ramo de azahares y jazmines que sus manos enlazaban desprendía un aroma excitante y conmovedor.

Y tal como Alba lo había planeado, los ojos de todos, sin distinción de sexo, se humedecían indefectiblemente sin llegar a saber si era por causa del suicidio o por la música tan cuidadosamente elegida que exaltaba el momento hasta las lágrimas. 

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Pablo y sus Alas

 

 

Ayer viniste por las últimas cosas que quedaban en casa. Mientras arreglabas las cosas en el bolso te miraba intentando perpetuar en mi retina cada gesto.

Me pareciste de nuevo tan hermoso como aquél primer día que te tuve en mis brazos, e igual que entonces sentí esa cosa extraña de saber que recién te estaba descubriendo e intuir sin embargo, que eras algo tan mío como nada había sido.

Cuando te dirigías a la puerta te pedí que por un momento apenas dejaras que te abrace.  Te abracé fuertemente.  Me cobijé un segundo en esos brazos largos y también como entonces me llenó de alegría escuchar los latidos en ese pecho ajeno.

¡Qué extraña coincidencia! Aquél día llegabas. Y en éste te marchabas. En uno y otro vos y yo padecimos intenso sufrimiento. Y los dos empezamos a tener mucho miedo.

Otra vez el fantasma de lo que espera afuera…

Por mi mente pasaron raudamente imágenes de todo lo que vivimos juntos. Pañales, zapatitos, pelota, escuelas, viajes, tus fiebres, las anginas, aquellos accidentes…, el mar y vos buceando, mis sueños y tus risas, los primeros pudores…

Hubiera querido decirte tantas cosas…, que no tuvieras miedo, que la vida es hermosa, que aunque no te des cuenta, con estos picotazos que te empujan del nido, no es daño lo te hago, sino ayudarte a que puedas usar tus propias alas… que no es fácil crecer, pero estamos aquí y no nos queda otra que seguir adelante. Después descubriremos que no fue tan difícil y hasta sonreiremos con la sutil sonrisa de los que ya crecieron.

Pero no dije nada. Hay cosas que se entienden a su debido tiempo.

Cuando llegue ese tiempo…sobrarán las palabras.

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ojitos Chinos

A veces sucede pasa que mis sentidos se detienen en una flor, una cara, un sonido, un acontecer minúsculo y cotidiano, como queriendo aprisionarlo, como tomando en cuenta  la fragilidad del momento presente.

En él nunca mis ojos se detuvieron con ese afán. Y sin embargo lo veía allí todos los días, siempre en la misma esquina, siempre a la misma hora.

Su trabajo era cuidar que los chicos del colegio cruzaran la calle sin peligro.

Largo tiempo intenté inútilmente recobrar detalles en el borroso rompecabezas de mi escurridiza memoria.  ¿De qué color eran sus ojos? ¿Cómo eran su nariz, su boca?  Lo único que conseguía recordar era su sonrisa, que se hacía más grande cada vez que levantaba la mano para saludarme al pasar.

Era una sonrisa muy particular. Al sonreír dejaba en descubierto un diente inesperadamente grande y torcido. Al mismo tiempo sus ojos se cerraban tanto que por un instante el viejito de piel arrugada y blanca desaparecía y se convertía todo él, en un gracioso mohín de ojitos chinos.

Me hacía feliz verlo pero no me daba cuenta. Daba por sentada la presencia diaria del tierno abuelito en esa esquina, de la misma manera que uno da por sentados los árboles, los atardeceres, los pájaros. Hasta el día que ya no están. Sólo entonces nos duele su ausencia.

Lo mismo sucedió con él. Un día llegué a la esquina y no lo vi pero no estoy muy segura de haberme percatado de su desaparición hasta varios días después. Al pasar el tiempo empecé a buscarlo y cada vez que notaba que no estaba mi corazón se entristecía un poco.

Ahí fue que comencé a pensar en su vida. Pocos eran los viejecitos que a su edad brindaban generosamente esas tempranas horas de la mañana para ayudar a los más pequeños. Su figura delgada, casi endeble y su paso inseguro no sugerían excelente salud.

Y aún así los niños corrían hacia él y se dejaban llevar por esas viejas manos con ciega confianza. El los conducía orgulloso y feliz luciendo esa gran sonrisa suya cada vez que dejaba su preciosa carga al otro lado de la calle. Me preguntaba si tendría nietos. ¿Dónde estarían sus hijos? ¿Se habría casado alguna vez?

Cuando comprobé que ya no lo vería en esa esquina empecé a extrañarlo y cada día al pasar por ahí tenia un pensamiento de recuerdo para él.  Si al menos tuviera la certeza de que nada malo le había pasado. Pero invariablemente su ausencia me hacía presagiar lo peor.

Pasaron los meses y debo admitir que con el tiempo su recuerdo se me fue borrando. Había días en que ya ni reparaba en que algo me faltaba al llegar a esa esquina.

Recuerdo que al llegar la primavera, en una cálida mañana, la luz roja del semáforo detuvo mi auto justo allí. Sin nada que hacer dejé vagar indiferente la vista. Unos niños con uniformes escolares corrían hacia un hombre robusto de piel oscura que los esperaba en la esquina. Al llegar extendieron sus manos en confianza ciega y el hombre comenzó a cruzar la calle con ellos.

Con estupor comprendí que ese hombre había tomado el lugar del antiguo viejecito. La verificación me entristeció. La presencia de ese hombre alto, fuerte, de piel oscura confirmaba mis más oscuros presentimientos.

Creo que de alguna manera el desconocido adivinó mi pensamiento porque, al llegar a la mitad de la calle se detuvo, dio vuelta la cara hacia mí y me guiñó un ojo.

-¡Que desfachatez! – pensé casi con rabia. Sin dejarse amedrentar por mi reacción comenzó a ostentar una entusiasta, bonachona sonrisa.

Sobresaltada advertí que al abrir la boca se asomaba un diente inesperadamente grande y torcido.  A la vez sus ojos se cerraron tanto que inmediatamente ese hombre robusto de piel morena desapareció de mi vista dejando paso a un conocido mohín de ojitos chinos.

Perpleja, no atiné a arrancar con la luz verde. Mas cuando levantó su mano para saludarme me di cuenta.

Presa de una recobrada felicidad, sin reparos, contesté el saludo.

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Día de la Madre

 

 

Ya lo había decidido. Ese domingo iba a trabajar con el taxi todo el día. Era la mejor forma de no pensar en la fecha. O de pensar menos.

No iba a ser nada fácil pero lo intentaría: no compraría el diario, la TV no importaba pues no estaría en casa y, en el auto para no escuchar radio, escucharía a Maria Callas.

Aunque claro, sin duda habría momentos en que algún pensamiento sin querer, se colara.

Y así fue por cierto, sobre todo a la tarde, al pasar por la cancha donde precisamente jugaba (y justo contra Ríver) el club de tus amores.

 Cada camiseta azul y oro sobre los longilíneos cuerpos, las largas cabelleras que poblaban las calles y hasta los futboleros coros que invadían el aire, traían tu recuerdo y entonces, un sabor agridulce me llegaba hasta el alma, con ganas de romper la coraza que con tanto cuidado yo misma había armado.

Pero igual fui “zafando” como se dice ahora. Y ya casi estaba por terminar el día cuando subió aquél hombre.

- Voy a ver a mi madre, hace más de dos años que no la veo, ¿sabe?, es que no me dejaban, pero está tan viejita que tengo mucho miedo de no volver a verla – dijo sin que mediera entre los dos palabra y continuó (como si en realidad quisiera decírselo a sí mismo) – estuve muy enfermo, del corazón, muy grave, al final me operaron y aunque ya estoy mejor, me tengo que cuidar de cualquier emoción.

- Ella ni se enteró de lo que me pasó, en casa no querían que yo viniese a verla…pero yo prometí que sólo diez minutos, porque el año que viene, ¿quién sabe…? Yo tenía que verla, usted me entiende ¿no?

- Por eso, si pudiera esperarme…será solo un momento nada más y volvemos…

Al bajarse sentí que todos mis intentos podían irse al diablo y casi con bronca miraba hacia la puerta esperando que salga.

 De repente lo vi, ayudando a cruzar el umbral a una viejecita que se apoyaba en él.  Observé cómo ella miraba la calle con ojos asombrados, ¡quién sabe cuánto tiempo no pasaba esa puerta!  Pero casi enseguida volvió a él la mirada; con esas manos viejas le acarició la cara como si fuera un niño y sonrió. Luego los dos volvieron, despacio, hacia la casa.

No aguanté. Dos, diez, cien lagrimones rodaron por mi cara. ¿Así sería yo dentro de algunos años? 

Aún puedo desplazarme bajo el sol por mí misma pero, ¿acaso ya hoy mis manos no sintieron nostalgia de otro sol que no estaba?

A los pocos minutos el hombre subió al auto. A través del espejo su mirada nublada se cruzó con la mía y notó que también de mis ojos las lágrimas rodaban.

Emprendimos el regreso en silencio.

De repente ordenó – ¡Deténgase aquí mismo! Bajó pegando un salto y antes de que me diera  cuenta, sus manos me acercaron aquéllas bellas flores.

La etiqueta decía: “Para Usted, en su día”.

 

***

 

 

 

 

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